Esperanzas desprendidas de una mente sin fuerza de voluntad.

El viento que generan las manecillas del reloj de la vida hace que, como las hojas secas, mis esperanzas marchitas se desprendan de mi cabeza. Puedo verlas cayendo lentamente, aunque, en ocasiones, el agua salada que se acumula en mis ojos interrumpe el espectáculo. Caen a pesar de que trato de impedirlo. Caen a pesar de que en la misma quedo vacío, sin motivos para vivir, respirando por inercia. Existencia inerte…

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Esperar…

Sólo me queda esperar. No hablo de una espera pasiva. Esperaré activamente, deteniendo y adelantando las agujas del reloj si es necesario. Derrumbándome para volver a construirme, mejor que antes. Esperando que llegue el día, tan anhelado, tan deseado, tan idealizado. Es una mezcla de impaciencia y miedo. Siento ansiedad por escapar de mi condición actual. Tengo miedo por pensar que puede ser mi ansiedad la que me haga idealizar ese día que parece lejano. Un día que no está definido, a lo mejor nunca llegue, a lo mejor es otra de mis ilusiones creadas para intentar escapar de la depresión. Sólo me queda esperar, modificando mi condición para soltar el nudo de problemas que me atan. Una espera activa es lo que necesito…

1 de enero

Una mezcla de tristeza y enojo inundan mi cabeza. Saber que hay gente tan despreciable. Esta no es la mejor manera de comenzar el año. Tener que darle la bienvenida a un nuevo año, despidiéndome de un ser querido. Pero, bueno, ya nada puede hacerse: el daño ya está hecho y no hay marcha atrás. Sólo queda despedirse. Sólo queda llorarte un momento. Envidiarte por que se te concedió antes que a mí la dicha de dejar esta existencia de mierda. Te alcanzo al rato. Adiós.

“Aislamiento”

Un montón de momentos superpuestos, sin un orden aparente, sin una lógica que los guíe, pero que en suma resultan ser mi vida. Momentos que parecen no tener sentido, no siguen un camino, ni se guían por lo establecido, tampoco por lo opuesto ¿no es acaso eso inconcebible? Puede ser. Seguramente mi inmadurez, irresponsabilidad  y falta de compromiso y conciencia me limitan de ver mi existencia como parte de un orden más amplio, como parte de mi entorno inmediato: yo no puedo ser sin los seres que me rodean, trato de interiorizarme, tras miles de vanos intentos. No estoy seguro de que sea inconsciencia, no creo que sea parte de “dejarse llevar”, al menos quiero pensar que no es así. Eso es lo que quiero pensar, esa es la verdad que me sustenta, mi verdad. En eso pienso cuando me doy cuenta que me estoy hundiendo inconscientemente en el mar infinito del egoísmo y la apatía; mi ceguera no me deja ver más allá de mi “aislamiento”, un aislamiento que no está más que en mi mente, una idea que, al enfrentarse a la realidad que me rodea, se desvanece, ya que en la realidad las ficciones se desbaratan con súbita violencia. Tanto tiempo confié en esa verdad que, ahora, al ver cómo se desmorona ante mi existencia no puedo evitar quebrantarme, destruirme, auto-flagelarme y perder la calma. Puedo sentir cómo los andamios que sostenían mi calma van siendo arrancados bruscamente. Mi verdad se opaca y destruye ante la realidad social. Puedo ver lo que un día fui: un ignorante, encerrado en su ficticio “aislamiento”, tratando de maquillar su apatía y egoísmo, haciendo de sus injustificadas agonías imitaciones vulgares y estúpidas de actos de rebeldía. Puedo ver lo que soy: una brújula sin Norte, un caminante sin camino, una vereda inconclusa, una idea que no logra concretarse… ¡Una mierda que no suma ni resta espacio! Lo único que me motiva es la confianza ciega en la idea de que todo cambia -bueno, se supone que así sea-, nada está escrito, no hay esencia sólo existencia…

¡No se preocupen!

Puedo sentir el asco que sienten cuando me miran, la lástima con la que vienen cargadas sus “sinceras” palabras de aliento, la repugnancia que experimentan al pensar en mí. No es necesario que me lo digan ¡No se preocupen! Yo me encargo de digerirlas, yo me encargo de incrustarmelas en la cabeza, yo me encargo de que me hagan daño… ¡No se preocupen por mi! Estoy aprendiendo de su hipocresía: ya no grito, ya no lloro, ya no se los hago saber. Sólo siento y nada más.