Almohada

Hay noches en las que quisiera que mi cabeza se hundiera en mi almohada… y que así mi mente pudiera viajar a otros mundos, lejos de la decadencia que me rodea y no me deja vivir en paz, lejos de la tristeza, lejos de las limitaciones que me impone esta realidad que me asfixia.

Quisiera poder fundirme en mi cama, que cada partícula de mi cuerpo se despegara y se mezclara con los componentes de mis sábanas, de mi cuarto, del aire… del universo.

Quisiera dejar atrás mi forma humana, desgajar todo de lo que estoy compuesto, y que un soplo del viento eterno se lleve lo que un día fue mi cuerpo…

¡Maldita almohada! ¿Por qué no dejas que me hunda? ¿Acaso te complaces de mi sufrimiento? ¿Acaso te alimentas de mis lágrimas?

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15 de febrero de 2019

Era demasiado bueno para ser cierto que mi tristeza se hubiera hecho viento y con el viento se hubiera ido.

Caigo, siempre caigo, inevitablemente caigo.

Los viernes, al igual que las puestas del sol, suelen ser tristes.

Morir en silencio

Cada día que pasa, una parte de mí muere silenciosamente, por descuido, por accidente o por placer. Dejo morir a mi yo interno, a veces intencionalmente, a veces por costumbre, a veces dormido. Es un impulso latente que no se extingue, y aunque quiera detenerlo no puedo. Es un instinto autodestructivo que no puedo reprimir, porque al hacerlo me daño. Dejarme fluir es dañarme, reprimirme es dañarme.

¿Qué hago? ¿Cómo escapo?

No quiero morir, no quiero vivir…

¿Entonces? ¿Qué queda?

Sólo morir por dentro, morir lentamente, morir en silencio…

Impulso

Mi alma se siente cansada, de sentir, de pensar, de existir, de sufrir…
Sufro sin motivos, sufro sin desearlo, sufro por costumbre…
Dentro de mí se aloja un irremediable impulso al sufrimiento…
Quiero reprimirlo, logro reprimirlo… pero solo temporalmente.
Luego mi mente se cansa de evadir lo inevitable…