Hábitos

Últimamente he comprendido que muchas veces si uno se siente “deprimido y estancado” es por repetir y repetir hábitos tan cotidianos y aparentemente insignificantes e intrascendentes… hábitos que, a la larga y sin que uno se dé cuenta, determinan nuestro estado de ánimo y nuestra relación con el mundo de una manera que uno ni llega a sospechar.

Son comportamientos y maneras de pensar que están tan interiorizadas en nosotros que llega un punto en el que, inconscientemente, se nos vuelven naturales.

Pero no lo son, pues todos los hábitos no son más que eso: repetición. Los hábitos son esas maneras de ser a las que estamos acostumbrados… y en muchas ocasiones lo que se hace por costumbre no siempre es lo mejor para nosotros.

De hecho, me he dado cuenta estos últimos días que, efectivamente, muchas de las cosas que hacía por costumbre eran realmente perjudiciales para mí. Bueno, para que mis palabras no queden en el aire, voy a hablar en las siguientes líneas de tres cambios específicos que estoy llevando a cabo actualmente, cambios relacionados a hábitos “cotidianos y aparentemente insignificantes e intrascendentes”.

1. Regulación del uso de las redes.

Era algo tan común para mí revisar mi maldito celular cada hora, cada media hora, cada quince minutos… ¡cada cinco minutos! ¿No creen que eso llega a niveles enfermizos? Pues para mí sí que lo era… y bueno, para ser sincero, quizás no lo habría notado, ni hubiera pensado en todo esto que escribo, si no hubiera sido por el hecho de que hace un par de días me robaron mi celular, pero como bien dicen “no hay bien que por mal no venga”, y así fue en esta ocasión: algo aparentemente “malo” (que me robaran el celular) resultó ser algo bueno y beneficioso para mí. Y es que ahora que estoy sin celular y que no tengo la posibilidad de estar tan obsesivamente pendiente de mis redes sociales, he notado que mi vida cotidiana se encontraba en gran medida afectada por dicho hábito; tanto así que ahora que no reviso las redes tan enfermizamente, siento que soy más productivo, siento que interactúo más con quienes me rodean y convivo cotidianamente, siento que tengo más tiempo para hacer las cosas que me propongo hacer durante el día, más tiempo para dormir… en fin, el cambio ha sido notable. Y se suponía que era algo cotidiano y que no me afectaba en “casi nada”

2. Exceso de música romántica.

Últimamente me ha surgido una pregunta, ¿por qué es tan común que a la gente le guste la música romántica?  Y cuando digo “la gente” me refiero a casi todo el mundo: es por ello que uno puede encontrarse con música romántica de casi todos los géneros, rock, punk, screamo, electrónica, bachata, reggae, ska, reggaetón, trap. música de banda, rancheras… en fin, de todo. A todo mundo le afecta esa sobrevaloración de lo romántico. Y no sé, sinceramente me parece enfermizo que las cosas sean tan así. Bueno, al menos en mi caso personal, el exceso de música romántica me deprime, me hace pensar demasiado en eventos y situaciones que realmente no tienen la trascendencia que uno -guiado por las ideas que se nos transmiten por medio de ese tipo de música- pretende darle. Últimamente he preferido escuchar canciones con temáticas diferentes, canciones con contenidos sociales, canciones que hablen de cosas realmente importantes, o, en su defecto, canciones sin letras. Y, sinceramente, me siento como si me hubiera bajado de la nube romántica para poner los pies sobre la tierra, para ponerle atención a las cosas que realmente importan. Para mí lo romántico siempre había sido algo secundario, pero poco a poco, de tanto repetir el hábito de escuchar ese tipo de música, llegó a un punto en el que se convirtió en algo prioritario, ¡qué estupidez! Pero nunca es tarde para cambiar esas cosas: se siente tan bien volver a ser lo que un día fui.

3. Escuchar a quienes de verdad importan.

En muchas ocasiones, no sé, quizás por mi inseguridad y baja auto estima, me pasó que le presté más atención de la necesaria a la opinión de personas que, sinceramente, no eran importantes en mi vida ni en lo más mínimo: una completa estupidez de mi parte. Pero como las otras dos cosas de las que he hablado, era una costumbre, una muy mala y estúpida costumbre. Un hábito que, al igual que todos, se puede cambiar y que he logrado modificar de hecho. Y puede que ahora le desagrade a más personas que antes, pero, ¡Qué importa desagradarle a una parte del mundo si me siento enamorado de mí! Me basta con sentirme bien conmigo mismo y con el reducido número de personas que realmente me importan… lo demás es lo de menos.

 

Bueno, esos han sido tres ejemplos concretos y personales, pero yo sé que hay muchos más, hay muchos más hábitos que nos afectan sin que nosotros siquiera lo notemos. Y estarán afectándonos hasta que no tomemos conciencia de la gravedad que implica reproducirlos.

Los hábitos no son tan insignificantes e intrascendentes como parecen…

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Odiando la realidad social

Si hay algo que realmente odio de esta maldita realidad social de mierda, eso es el hecho de que se conciba el “pensamiento/comportamiento masculino” y el “pensamiento/comportamiento femenino” como dos entes aislados y mutuamente contradictorios. Y odio más aún a la gente que reproduce esa idea.

Y he de aclarar que mi idea no va enfocada al plano sexual -no me subo a las modas LGBT, movimiento que no me parece tan “revolucionario” como algunos dicen que es (tal vez un día de estos me anime a escribir sobre eso)-, sino más bien al comportamental y del pensamiento. Va enfocada a hacerme cuestionamientos como los siguientes: ¿Por qué un hombre no tiene que demostrar sus sentimientos? ¿Por qué la mujer si? ¿Por qué está bien que sea el hombre quien tome la iniciativa de iniciar una relación sentimental con alguien? ¿Por qué es un atrevimiento cuando una mujer lo hace? ¿Por qué un hombre que ha tenido muchas mujeres es alabado y admirado? ¿Por qué una mujer que ha tenido muchos hombres es, simplemente, una puta?

Bueno, creo que la lista seguiría y seguiría…

 

Pensando en esas cosas es que uno se da cuenta qué tan determinados nos encontramos por la sociedad; hasta en las cuestiones, aparentemente, más personales y privadas.

Cambio, incertidumbre, miedo

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Me estoy cansando de escuchar decir (y a veces hasta de mi propia boca) “las nuevas generaciones están peor que las anteriores”, ¿será eso o es que nada más le tenemos miedo al constante e inevitable cambio social y cultural, el cual en su devenir tiende a desbaratar los universos simbólicos en los cuales se han sostenido la mayor parte de los pensamientos y concepciones acerca del mundo y la vida de las generaciones pasadas? ¿Será que tendemos a desprestigiar a las formas de pensamiento que son diferentes a las compartidas por nuestras generaciones por el riesgo que estas representan para el mantenimiento del orden del imaginario colectivo que nuestras generaciones comparten? ¿Será que con esa frase estamos tratando de enmascarar nuestro temor latente al cambio, al cuestionamiento de las ideas que nos fueron transmitidas en nuestra segunda socialización? ¿Será que no toleramos que nos cuestionen el cúmulo de conocimientos y maneras de percibir el mundo que nos fue transmitido durante la primera socialización? ¿Será que nos aterra pensar en que nuestros pensamientos más arraigados y “naturalizados” pueden volverse obsoletos en este mundo de rápido movimiento?

Übermensch y promiscuidad

Siempre he creído que la promiscuidad está sobrevalorada. La gente cree que pienso eso porque soy un maldito reprimido (antes quizás si) o porque estaba destinado a ser virgen a los cuarenta (tampoco eso es válido porque ya no lo soy). Lo pienso porque creo que deberíamos hacer valer nuestro lugar como la especie superior de este planeta, y no dejarnos llevar por nuestros impulsos e instintos como los demás animales; creo que deberíamos hacer el esfuerzo de sublimarnos, darnos valor y compartir nuestros cuerpos con quienes de verdad lo merezcan y no con la primera persona que se nos ofrezca en el camino; creo que deberíamos reflexionar sobre el hecho de que hay quienes sacan ventaja de que nosotros estemos sólo pensando en cojer, se aprovechan de nuestro adormecimiento (esa es una de las tantas formas de adormecimiento con las que nos mantienen idiotizados, alejados de las cosas que realmente importan).

En fin, no creo que la promiscuidad sea un buen camino para llegar a acercarnos como especie a la idea nietzscheniana del Übermensch.

Amigos que ya no lo son

Es irónico que las personas con las que en algún momento entablé relaciones de amistad sólo hayan sentido agrado hacia mi peor versión: una versión mía que era insegura, acomplejada… “humilde”, decían ellos, como queriendo consolarme y así ocultar la realidad que no me expresaban, pero de la que estoy seguro que eran más que conscientes . Hubiera preferido que fueran sinceros y me dejaran ver la realidad de las cosas, pero no: decidieron camuflar mis defectos haciéndolos pasar por virtudes (y realmente les creí en algún momento). Hubiera preferido sinceridad antes que hipocresía, hubiera preferido el dolor de enfrentarme a mis debilidades antes que vivir engañado viendo virtudes donde nunca las hubo. (O quizás exaltaban dichas “virtudes” en un tono sarcástico y yo nunca logré captar el sentido de sus palabras, puede ser).

Prefiero ya no pensar en eso, ya que ahora sólo pienso en dejar atrás todas las ilusiones y todos los engaños, sólo pienso en dejar atrás a las personas que lo permitieron (o, mejor dicho, a quienes YO permití que lo permitieran), sólo pienso en olvidar, sólo pienso en soltar, en dejar ir; y eso duele, quema y destruye, pero son males necesarios a los que uno debe enfrentarse, son dolores que destruyen el pasado y dejan el espacio libre para que construyamos un mejor futuro.

La connotación de mi conducta evasiva # 2

Me estoy cansando de sentir la sensación de que todos quieran pasar sobre mí, o quizás sea simplemente mi complejo de inferioridad y mis malditas inseguridades, ¿qué importa? sólo sé que cada vez se me vuelve menos necesaria la compañía de otros -al menos eso siento con la gran mayoría de los que están alrededor mío-, mis círculos de confianza se reducen, y me siento solo más a menudo, pero con eso no quiero decir que me sienta mal: muchas veces gastamos tiempo en personas que no valen la pena, tiempo que podríamos gastar en nosotros mismos, porque hay que tener presente que el tiempo es lo único que realmente nos pertenece, es lo más valioso que tenemos, y no vale la pena malgastarlo.