Desahogo # 44

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Si trato de mantenerme ocupado en el mundo exterior la mayoría del tiempo, es porque eso me ayuda a no hundirme en mí mismo, en ese hoyo que parece no tener fin y que me hace experimentar ansiedad e incertidumbre. Es preferible mantenerme en la superficie de mi ser, que adentrarme en las profundidades misteriosas que en mi interior se alojan. Aunque he de confesar que no puedo evitar sentir curiosidad de explorar esa oscuridad, y es por eso que de vez en cuando me olvido del mundo y me vuelco hacia mí, exploro mi universo interno, me voy al infinito y más acá… y descubro que allá afuera no hay nada que no esté acá, porque todo está en mí, el todo soy yo, y yo soy todo.

La soportable insignificancia del ser

Textos Dispersos: sobre Soir Bleu de Edward Hopper (o la portada ...

 

¡Nada importa!, y no lo digo sólo por decirlo, sino porque realmente es así, al menos en la escala humana del ser.

Trato de tener en cuenta eso tanto en los buenos como en los malos momentos, para no sobredimensionar ni mis alegrías ni mis tristezas, que no son más que las impresiones exacerbadas de eventos y fenómenos realmente insignificantes.

Impresiones que no son más que procesos cerebrales ocurriendo dentro de un organismo tan pequeño, tan insignificante, como lo soy yo.

Y ese pensamiento me mantiene sereno, porque me ayuda a poner los pies sobre la tierra, a recordar que no importa la “gravedad” de mis problemas, la “profundidad” de mi tristeza, la “grandeza” de mis alegrías, la realidad universal no se verá influida ni en lo más mínimo por lo que me pase o me deje de pasar, ni mis llantos ni mis alegrías influirán en el curso natural de las cosas.

La insignificancia del ser humano puede ser una desgracia, pero para mí es un consuelo, el más grande quizás.

Felicidad


La felicidad que más me gusta es esa que surge de la nada, esa que no está condicionada por ningún factor externo, esa que viene al mundo sin ningún sentido, como el viento que me rodea, como las estrellas que decoran la noche.

Amo los momentos en los que mi felicidad no depende de nadie, ni siquiera de mí mismo; yo sólo soy un simple medio que ésta utiliza para materializarse en este mundo podrido.

Este mundo no merece una felicidad tan pura y perfecta, es por ello que tan rápido como llega tiene que marcharse… y aquí me quedo yo, queríendome ir con ella.

Leyendo… (V)

“El escéptico no será traicionado por libro alguno ni se envolverá en una toga. Los estudiosos son sus víctimas; son flacos y pálidos, tienen los pies fríos y la cabeza caliente, sus noches son insomnes, sus días un temor de que los interrumpan; pálidos, escuálidos, son hambre y egoísmo. Si uno se acerca a ellos y observa las fantasías que acarician, advertirá que son idealistas y que pasan sus días y sus noches soñando sueño tras sueño, en espera del homenaje de la sociedad por algún precioso esquema construído a base de una verdad, pero carente de proporción en su presentación o de justeza en su aplicación y de toda energía de voluntad en el autor para darle fuerza y vitalizarlo”.

(Ralph Waldo Emerson, Hombres Representativos)

Hay ocasiones en las que las cosas que uno lee parece que hubieran sido escritas pensando en uno. Y esta cita me hizo sentir eso. Me recordó que sigo en el proceso de reducir la contemplación en mi vida, para así poder darle espacio a la acción. Lo que no quiere decir que quiera volcarme a ese otro extremo, pues, como bien dicen, la fuerza humana no está en los extremos, sino en la evitación de éstos.

Juventud y vanidad

Dicen que los años de juventud son nuestros mejores años… y yo digo que depende.
Depende de los aspectos que se tomen en cuenta.
Porque, si nos enfocamos en el hecho de que en esos años nuestra salud y nuestra apariencia física se encuentran en la mejor condición que vamos a experimentar en la vida, podemos decir que sí, que los años de juventud son nuestros mejores años.
Pero…
Si tomamos en cuenta que la juventud es sinónimo de inestabilidad económica, y sobre todo emocional, de vanidad y superficialidad, de prepotencia y altanería, entonces pueda que cambiemos un poco de parecer.

Creo que lo mejor sería dejar de idealizar la juventud, y mejor decir que, al igual que todas las fases de la vida, tiene sus pro y sus contras.
De esa manera, los niños dejarían de vivir apresuradamente para llegar a una edad tan imperfecta y efímera y los viejos dejarían de sentirse melancólicos por una época que no es tan buena como la pintan.

Leyendo… (II)

“Únicamente cuando la riqueza se convirtió en capital, cuya principal función era producir más capital, la propiedad privada igualó o se acercó a la permanencia inherente al mundo comúnmente compartido.74 Sin embargo, esta permanencia es de diferente naturaleza; se trata de la permanencia de un proceso, más que de la permanencia de una estructura estable. Sin el proceso de acumulación, la riqueza caería en seguida en el opuesto proceso de desintegración mediante el uso y el consumo”.

Y, para complementar eso, podría mencionarse, siguiendo a Weber (en La Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo), que la base moral sobre la que se sostuvo dicho cambio fue precisamente la ética protestante, ya que ésta propició el desarrollo de dichas ideas de acumulación y sacrificio.