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La imagen puede contener: una o varias personas, exterior y naturaleza

Siempre he considerado el exceso de optimismo como algo enfermizo, lo veo como una enfermedad mental naturalizada socialmente, que está propagada entre todo el mundo, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, tradicionales y rebeldes, “gente normal” y “gente alternativa”, en todos.

Lo considero enfermizo porque es algo que se impone, a pesar de la naturaleza ambivalente del ser humanos, a pesar de La dialéctica de eros y thanatos que se desarrolla dentro de todos nosotros.

Y lo peor de todo es que la mayoría de las veces no es algo que se acepte explícitamente, o bueno, tal vez sí, pero no como algo negativo, sino como algo positivo, algo deseable, algo que, de ser alcanzado, asegura el progreso, en cualquier ámbito. Y por eso es deseado por todos, porque es “una herramienta para alcanzar el éxito”.

¿Pero, me pregunto yo, cuál es el precio? Nada, sólo negar la mitad de nuestra humanidad.

Aunque parezca radical o desorbitada mi idea, creo que no estoy exagerando, porque, al menos en mi experiencia personal, siempre me he encontrado con que la gente -sin importar sus cualidades sociales, económicas, sexuales, políticas, religiosas, o de cualquier tipo- suele considerar los pensamientos pesimistas como algo que se debe suprimir de uno, o, en el mejor de los casos, como algo que debe ser evitado.

Yo me opongo a pensar eso, creo que lo mejor sería buscar un equilibrio, ni obligarnos a ser optimistas, fuertes y entusiastas todo el tiempo, pero tampoco dejarnos llevar y hundirnos pasivamente en la tristeza y en la negatividad; sino apoderarnos de ambas pulsiones, de dominarlas a nuestro beneficio: valernos del optimismo ante las adversidades de cualquier tipo, pero sin olvidarnos que la realidad también es negatividad y que no podemos negar que dentro de nosotros hay algo de eso también.

Somos fuerzas ambivalentes materializadas en cuerpos.

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No

Tengo graves problemas con la palabra NO. Me cuesta tanto decirla, existe un abismo en mi boca que me separa de ella, entre ella y yo existe una distancia infinitamente extensa. Tengo tanto miedo de recibirla de respuesta, tanto así que nunca arriesgo, me resguardo en mi burbuja de confort, en la que no existe el no, en la que no existe la vida.

Algo tengo que hacer, porque la vida se me pasa y yo vivo sin vivir…

Huella y aura

Hace un rato, tratando de avanzar en mi tesis, estaba leyendo un artículo titulado Simmel y la cultura del consumo (Marinas, 2000), y, no es que estuviera malo, pero me sentía un poco aburrido y desanimado; así iba pasando la lectura, sin sobresaltos, cuando de repente me encontré con esta frase que llamó mi atención:

«Huella y aura. La huella es la aparición de una proximidad, por muy lejos que pueda estar lo que la causó. El aura es la aparición de lo lejano, por muy próximo que esté lo que lo evoca. Con la huella nos apropiamos de la cosa, con el aura ella es la que se adueña de nosotros».

-Walter Benjamin.

(Quisiera aclarar que voy a tomarme el atrevimiento de descontextualizar la cita del texto de donde la saqué. Dicho esto, puedo continuar).

Dicha cita me hizo pensar en lo mucho que se encuentran presentes en nuestras vidas ambas sensaciones, en cómo ambas sensaciones afectan tan directamente nuestras subjetividades, nuestra manera de pensar, de sentir, de ser.

Huella y aura. Marcar a alguien y ser marcado por alguien.

¿No se reducen acaso las relaciones humanas a eso? ¿Quién no quedó marcado por alguien? Piénsese en padres, amigos, parejas, profesores, autores que por medios escritos nos transmiten su pensamientos, artistas, en fin, la lista sería muy extensa y variaría de persona a persona… pero el punto al que quería llegar es el siguiente: todos, desde el momento de nuestro nacimiento, somos seres sociales, lo que implica que nos encontramos ante el influjo de quienes nos rodean, de manera directa o indirecta. Lo anterior, basándome en la línea de ideas que he venido siguiendo, podría decirse también de la siguiente manera: todos estamos marcados por diferentes personas con las que hemos estado en contacto a lo largo de nuestra vida (algunas nos marcan más, otras menos, obviamente).

Pero no hay que olvidar también el caso contrario, y es que, querámoslo o no, nosotros también marcamos a los demás, de manera positiva o negativa, intencional o inconscientemente. Al igual que lo anterior, dependerá de cada caso particular.

Creo, tomando en cuenta la anterior, que la frase de Benjamin resume en buena medida lo que es nuestra vida como seres humanos, como seres sociales. Ya que cuando me refiero a marcar y ser marcado no estoy haciendo alusión al aspecto sentimental y romántico de nuestra vida, sino que intento llevar la expresión  más allá, ya que considero que se podría aplicar a todos los aspectos de nuestra vida social, podría decir, incluso que es sobre esas dos acciones que se sostiene eso a lo que se le llama cultura.

Huella y aura. Marcar y ser marcados.

La otra mitad de la vida

Quisiera que mi agonizante fe muriera de una maldita vez, para poder dejarme morir, para poder dejar de vivir, para poder dejar de sufrir…

Quisiera desprenderme de este cuerpo que me ata a esta vida ingrata…

Quisiera no vivir…



¡Pero justo cuando estoy a punto de lanzarme al abismo, algo me llama! Un leve susurro entra por mis oídos y me hace saber que la vida tiene dos lados…

La tragedia, el dolor, el sufrimiento, la tristeza… todo eso, a lo que tanta atención le presto, es sólo la mitad.

A la otra mitad de la vida la tengo descuidada en un rincón, y ese susurro me lo hace saber, ese susurro me recuerda que la otra mitad de la vida está esperando por mi… y por mi olvidada felicidad.

Nudo

Quiero desatar el nudo que no deja que me desligue de la tristeza, quiero dejar de intentarlo a la fuerza, pues lo único que logro es volverlo más fuerte; tratar de alejarme de la tristeza, me liga más a ella; no necesito huir, lo que necesito es enfrentarla y domarla, para demostrar así la superioridad de mi mente, para demostrárselo al mundo… para demostrárselo a mí mismo, que tan poca fe me tengo.