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Siempre he considerado el exceso de optimismo como algo enfermizo, lo veo como una enfermedad mental naturalizada socialmente, que está propagada entre todo el mundo, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, tradicionales y rebeldes, “gente normal” y “gente alternativa”, en todos.

Lo considero enfermizo porque es algo que se impone, a pesar de la naturaleza ambivalente del ser humanos, a pesar de La dialéctica de eros y thanatos que se desarrolla dentro de todos nosotros.

Y lo peor de todo es que la mayoría de las veces no es algo que se acepte explícitamente, o bueno, tal vez sí, pero no como algo negativo, sino como algo positivo, algo deseable, algo que, de ser alcanzado, asegura el progreso, en cualquier ámbito. Y por eso es deseado por todos, porque es “una herramienta para alcanzar el éxito”.

¿Pero, me pregunto yo, cuál es el precio? Nada, sólo negar la mitad de nuestra humanidad.

Aunque parezca radical o desorbitada mi idea, creo que no estoy exagerando, porque, al menos en mi experiencia personal, siempre me he encontrado con que la gente -sin importar sus cualidades sociales, económicas, sexuales, políticas, religiosas, o de cualquier tipo- suele considerar los pensamientos pesimistas como algo que se debe suprimir de uno, o, en el mejor de los casos, como algo que debe ser evitado.

Yo me opongo a pensar eso, creo que lo mejor sería buscar un equilibrio, ni obligarnos a ser optimistas, fuertes y entusiastas todo el tiempo, pero tampoco dejarnos llevar y hundirnos pasivamente en la tristeza y en la negatividad; sino apoderarnos de ambas pulsiones, de dominarlas a nuestro beneficio: valernos del optimismo ante las adversidades de cualquier tipo, pero sin olvidarnos que la realidad también es negatividad y que no podemos negar que dentro de nosotros hay algo de eso también.

Somos fuerzas ambivalentes materializadas en cuerpos.

El hombre que odiaba al mundo — Shareny López

Es principalmente en la pudredumbre, en aquella en la que los gusanos brotan de la carne emitiendo el olor fétido con alma de muerte, cuando uno piensa en dar gracias. Suspirando de alivio por tener todo en su lugar, ambas piernas, ambos brazos y el mismo par de ojos que cuando nacimos bañados en la […]

a través de El hombre que odiaba al mundo — Shareny López

Emil Cioran I

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Promovidos al rango de incurables, somos materia adolorida, carne que aúlla, huesos roídos por gritos, y nuestros mismos silencios no son más que lamentaciones estranguladas. Sufrimos, nosotros solos, mucho más que el resto de los seres, y nuestro tormento, usurpando lo real, lo sustituye, de manera que aquel que sufriera absolutamente estaría absolutamente consciente, o sea que sería completamente culpable frente a lo inmediato y a lo real, términos correlativos al mismo nivel que sufrimiento y conciencia.

-Emil Cioran.

 

Cita:
Cioran, Emil, (1986 [1964]), La caída en el tiempo, Editorial Planeta-De Agostini, Barcelona.