¡No se preocupen!

Puedo sentir el asco que sienten cuando me miran, la lástima con la que vienen cargadas sus “sinceras” palabras de aliento, la repugnancia que experimentan al pensar en mí. No es necesario que me lo digan ¡No se preocupen! Yo me encargo de digerirlas, yo me encargo de incrustarmelas en la cabeza, yo me encargo de que me hagan daño… ¡No se preocupen por mi! Estoy aprendiendo de su hipocresía: ya no grito, ya no lloro, ya no se los hago saber. Sólo siento y nada más.

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