Respuesta

108 años después, le respondo a Inés Echeverría que sí, el nacimiento es más triste que la muerte…

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Morir en silencio

Cada día que pasa, una parte de mí muere silenciosamente, por descuido, por accidente o por placer. Dejo morir a mi yo interno, a veces intencionalmente, a veces por costumbre, a veces dormido. Es un impulso latente que no se extingue, y aunque quiera detenerlo no puedo. Es un instinto autodestructivo que no puedo reprimir, porque al hacerlo me daño. Dejarme fluir es dañarme, reprimirme es dañarme.

¿Qué hago? ¿Cómo escapo?

No quiero morir, no quiero vivir…

¿Entonces? ¿Qué queda?

Sólo morir por dentro, morir lentamente, morir en silencio…

Nudo

Quiero desatar el nudo que no deja que me desligue de la tristeza, quiero dejar de intentarlo a la fuerza, pues lo único que logro es volverlo más fuerte; tratar de alejarme de la tristeza, me liga más a ella; no necesito huir, lo que necesito es enfrentarla y domarla, para demostrar así la superioridad de mi mente, para demostrárselo al mundo… para demostrárselo a mí mismo, que tan poca fe me tengo.

Pensar y no actuar

Pienso, pienso y nunca dejo de pensar.

Pienso demasiado en cosas que no voy a hacer.

Mis pensamientos nacen con el impulso de materializarse, pero mis autorepresiones no lo permiten.

¡Pensar duele cuando los pensamientos no logran trascender!

Mis pensamientos se van acumulando en mi mente porque hay algo que los obstruye cuando están a punto de salir…

Y ese algo soy yo.

Desahogo # 38

¿Por qué amoldarse forzadamente al mundo, si dentro de nosotros mismos podemos ser la forma que se nos ocurra, con la que más cómodos nos sintamos?

¿Por qué dejar que el mundo nos defina, si nacimos condenados a ser libres?

¿Por qué reprimir nuestra energía, si hacerlo es estar muerto en vida?